Por Eduardo Brethauer – Un Toque de Bret
El fenómeno MOVI rápidamente comienza a abrirse espacio. Está haciendo ruido. Y bastante. Los escritores de vino dedican páginas y páginas a las 16 viñas que pertenecen al Movimiento de Viñateros Independientes y califican al grupo como una bocanada de aire fresco para una industria gobernada casi sin contrapesos por los vinos de las grandes compañías. Jancis Robinson, en su website, destaca la importancia del movimiento en un país productor donde la concentración del capital alcanza niveles paranormales, ostentando el no muy decoroso record de mayor tamaño promedio por empresa vitivinícola. En este contexto, las viñas que vuelan con las incipientes alas de MOVI representan un panorama novedoso, refrescante y que permite reforzar con HECHOS el atributo de diversidad que pretende proyectar al mundo Wines of Chile. Los artículos, además de destacar el exitoso paso de los vinos de MOVI por la última edición del Wines of Chile Awards (Marina 2009 de Bravado Wines fue elegido el mejor Sauvignon Blanc de Chile), también pone en relieve los primeros problemas por los que atraviesa el movimiento, como fue el desvinculamiento del matrimonio de Constanza Schwaereder y Felipe García, padres de Marina, de las compañías donde ejercían como enólogos (Córpora y Casas del Bosque, respectivamente). Esta lamentable situación nos impone una interrogante: ¿es lícito que un enólogo pueda enfrentar proyectos personales cuando trabaja en otra compañía? Obviamente, las empresas tienen la libertad de aceptar o no esta doble militancia, pero la tendencia mundial no sólo apunta a convivir con ella, sino además a facilitarla. La premisa es que aumenta los niveles de autosatisfacción de los enólogos, los mantiene fieles a sus proyectos y ayuda a empujar y abrir nuevos canales para los vinos de la compañía. Y no hay que ir muy lejos para encontrarnos con un caso paradigmático. Se trata de Antiyal, el proyecto biodinámico de Álvaro Espinoza, quien no sólo asesora a un sinnúmero de viñas chilenas, sino que además ejerce como enólogo de Viñedos Emiliana, nada menos que la filial de la prolífica familia Concha y Toro. Son las bellas contradicciones de la aún joven, inmadura, pero always surprising vitivinicultura chilena.
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